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Sólo existes en primavera

  • Foto del escritor: Redacción ACHV
    Redacción ACHV
  • 18 jun 2021
  • 3 Min. de lectura

El mundo y las personas estamos envejeciendo; eso es natural. Este proceso puede alargarse por mucho tiempo, y simplemente terminar un día. “El hombre de 100 años que trepó por la ventana y desapareció” es una novela escrita por Jonas Jonasson, publicada en Suecia por la editorial Salamandra en 2009.



Como aficionada a la lectura, sé que existen sinfín de libros e historias fascinantes, y poco a poco descubrí un patrón en mis selecciones: aun cuando leyera un clásico como Ana Karenina, “la”, “él” o “los” protagonistas siempre fueron jóvenes con aventuras o desamores.


El romantizar a los jóvenes o sus historias respondía a mis gustos; me sentía cómoda perdiéndome en esos libros. Pero “El hombre de 100 años que trepó por la ventana y desapareció” tenía un título bastante sugerente. Y por querer salir de mi zona de confort, me atreví a leer la historia de Alan, un señor que al cumplir 100 años decidió escapar de la casa de reposo en la que se encontraba, a vivir una serie de aventuras muy cómicas. La primera vez que leí este libro tenía 17 años, y pensé: “¿Debo esperar a los 100 años para tener libertad?”.


Vivimos siendo arrastrados por las situaciones, los privilegios y el "camino correcto". Hay algo de cierto en esta afirmación, pero la encuentro insulsa, básica y negativa; esa era yo.


Uno creería que Alan nunca hizo lo que quiso: no pudo estudiar porque sus padres fallecieron, tuvo que ir a la guerra, y hasta terminó encarcelado en campos de concentración. Ahora, a los 100 años, recién puede dejar a todos sus invitados plantados e irse, ser libre. Pero no es así cómo funciona el enigmático concepto de la libertad; mientras más rechazamos el envejecimiento y nos aferramos a perseguir la juventud, y lo que creemos que esta significa, los pensamientos negativos sobre la vejez nos condenan a "disfrutar el momento" o quejarnos. Pensamos siempre que el tiempo se nos escurre como agua entre los dedos, que de ancianos no podremos hacer nada, pero desde ya les digo que no puede existir cosa más alejada de la verdad.


Releyendo este libro ya con 21 años, Alan me devolvió a la realidad, mostrándome cómo se apropió de cada momento que vivió. Hoy ante mis ojos, este libro no es más la historia de un anciano siendo arrastrado por las situaciones de la vida. Hoy veo a un hombre mayor que me ayudó a comprender que las experiencias cambian nuestra perspectiva de la vida. Aceptar todo como venga no te vuelve mediocre; sin embargo, apropiarnos de todas esas visceralidades a las que nos expone la vida, nos hace felices. Lo que me llevó a reflexionar sobre la siguiente frase:


“Así como tu juventud no es una recompensa por el trabajo duro, mi vejez no es un castigo por mis malas acciones”.


El mensaje era claro, pero no lo pude ver. Para mí, el protagonista era un señor que recién a sus 100 años decidió hacer todo lo que quería. Pero no es así, porque cuando Alan se va, vive varias aventuras y cae en muchas situaciones. Él no salió a la vida con un plan. Leía en varios artículos sobre el libro, que muchos caímos en la misma pregunta: ¿Por qué Alan se fue?, eso no era lo importante en la historia, esta vez lo entendí al sumergirme de nuevo en los personajes y las situaciones que viven. Alan no se fue porque estaba harto o porque sentía que por fin a los 100 años era libre; sino todo lo contrario. Al leer cada paso por su vida pude deslumbrar que siempre estuvo relajado, conoció a muchas personas importantes de joven, y nunca se vio frustrado.


Este libro no es una tragicomedia, porque Alan vivió cada momento de su vida como si fuese suyo. El personaje que vivió un siglo entero, era un rayo de sol, un anciano que se comunica (hasta con los animales).


Entonces, esta es mi conclusión: ya es hora de tomar un cambio de actitud y perspectiva frente al hecho de envejecer. La vida no es un camino hacia la inutilidad; teñir las canas, tapar las arrugas o simplemente que me digan “te ves joven” y eso le dé un subidón a mi autoestima, reafirma que el concepto de envejecer lo vemos de forma equivocada. Envejecer no está mal; vivir pensando que ya no queda tiempo para nada nos hace miserables. Preguntarnos todos los días si estamos haciendo lo correcto nos sugestiona hasta estigmatizar la vejez. De jóvenes nos perdemos y romantizamos el drama; vamos en un camino directo a ser mártires. Así que en vez de pensar en cómo aprovechar mi juventud, me gustaría enfocarme en hallar cómo convertirme en una anciana espectacular.


Redactado por: Jhoselyn Huaytán Rojas


 
 
 

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